Por más de 1.500 años, las murallas que rodean el Templo Shaolin resonaron con golpes y profundas respiraciones, movimientos y gritos de quienes se entrenaban para alcanzar la maestría, pero siempre, al mirar más allá de la forma y la técnica, la enseñanza Shaolin se enciende como un faro que ilumina el cuerpo, la mente y el espíritu para que dancen en una armonía equilibrada.
El cuarto principio Filosófico es, sin duda, una paradoja: “El conocimiento de la violencia y la vivencia de la noviolencia traen la paz”; ¿cómo puede alguien que entrena para dominar el arte de la lucha alcanzar la paz interior?
Toma un momento y piensa en el jardinero que conoce todo su jardín y sabe que existen hierbas dañinas y venenosas, ese conocimiento le permite proteger las plantas que cuida y al mismo tiempo protegerse de sus efectos; así mismo un Guerrero Shaolin estudia y aprende de la violencia, más que para glorificarla, para comprenderla y evitarla.
Dominar técnicas milenarias de combate nos permite fortalecer nuestro cuerpo a la vez que entrenamos nuestra mente, aprendiendo a controlar nuestras emociones, a mantenernos en calma en las situaciones que más presión traen y a responder con sabiduría y paciencia en vez de responder de manera impulsiva; la verdadera habilidad del Guerrero Shaolin es más que la posibilidad de vencer al otro con violencia, porque radica en la habilidad de prevenirlo siendo como el agua, suave, constante y adaptable, pero capaz de erosionar y tallar hasta la roca más fuerte de todas.
En un mundo cada vez más violento, la noviolencia puede parecer un sueño utópico, pero la misma historia nos demuestra que la paz es posible, ya que los grandes líderes espirituales y los guerreros pacíficos evidencian con sus hechos y logros que la violencia es solo una respuesta fácil de los más débiles.
Cultivar la compasión, la tolerancia y la perseverancia nos convierte en personas mucho más sabias y, con este trabajo contínuo, podemos transformar todo lo que nos rodea y el mundo entero; la paz es más que la ausencia de conflicto, porque es un estado de armonía interior que se refleja en lo que hacemos, en la manera en que nos relacionamos con los demás y con el mundo natural.